Una pregunta que venía inquietando a los neurocientíficos, tal vez porque tenía una respuesta que podía ser incómoda, se refiere a qué parte del deterioro cerebral que lleva a la demencia tiene que ver con los genes y cuánto con el barrio en el que uno vive, el aire que respira, la estabilidad política del país, o el acceso a espacios verdes. Un megaestudio publicado este viernes en Nature Medicine, liderado por investigadores argentinos y latinoamericanos, intenta responderla con una escala sin precedentes: 18.701 participantes de 34 países de Asia, Europa, Norteamérica y América Latina, que incluyen personas sanas y con Alzheimer, deterioro cognitivo leve o degeneración frontotemporal.
Los resultados son perturbadores: muestran que el entorno no es un factor secundario en el envejecimiento cerebral. Es, en muchos casos, el factor principal. Es más, si se combinan dos o más factores de los analizados, el riesgo de envejecimiento cerebral acelerado aumenta entre tres y nueve veces.
El concepto central del estudio es el exposoma, término que se refiere a la totalidad de las exposiciones ambientales, sociales y políticas que una persona acumula a lo largo de su vida. No se trata de un único factor sino de la interacción entre muchos. Los investigadores cuantificaron 73 variables medidas a nivel país que tienen que ver con la calidad del aire, la variabilidad climática, el acceso a espacios verdes, la calidad del agua, la desigualdad socioeconómica, e indicadores políticos y democráticos.
“La diferencia con un estudio anterior, donde también utilizábamos exposomas, es que esta vez también teníamos diagnóstico clínico”, aclara Hernán Hernández, analista de datos entrenado en ingeniería y neurociencias que aplica modelado computacional, aprendizaje automático y análisis de señales cerebrales para investigar cómo distintos factores dan forma al envejecimiento cognitivo y cerebral, miembro del Instituto BrainLat.
La pregunta que guió el trabajo no era si cada uno de esos factores, por separado, afecta al cerebro, (de eso ya había evidencias), sino qué pasa cuando todos actúan juntos.
"Sabemos por estudios previos que ciertas variables de manera individual tienen un efecto en el cerebro –explica Agustina Legaz, doctora en Neurociencias de la Universidad Favaloro que realizó su posdoctorado en BrainLat, instituto radicado en Santiago de Chile que forma parte de la red latinoamericana RedLab y primera autora del estudio–. Pero uno no está expuesto solo a contaminación del aire. Uno también vive en un barrio con determinado nivel de desigualdad socioeconómica, padece cierta inestabilidad sociopolítica, calidad del agua. ¿Qué pasa cuando tenemos en cuenta el efecto sinérgico de todas estas variables?".
Los resultados que arroja el estudio muestran que cuando se modelan en conjunto estos factores explican hasta 15 veces más varianza en el envejecimiento cerebral que cualquier exposición individual por separado. Y más aún: estar expuesto a los predictores socioambientales más adversos se asocia con un incremento de entre tres y nueve veces en el riesgo de envejecimiento cerebral acelerado —un riesgo que, según los propios investigadores, supera al de las enfermedades neurodegenerativas en sí mismas.
Agustín Ibañez, investigador principal de este trabajo, director del Centro de Neurociencias Cognitivas de la Universidad de San Andrés, investigador del Conicet, director del Latin American Brain Health Institute (BrainLat) de la Universidad Adolfo Ibañez, Chile, y Senior Atlantic Fellow del Global Brain Health Institute (GBHI) de la Universidad de California en San Francisco, Estados Unidos, subraya que combinando imágenes cerebrales con datos ambientales demostraron “que estos exposomas físicos, sociales y políticos tienen un impacto en cómo envejece el cerebro. Cuando se combinan puede haber hasta 15 veces más envejecimiento cerebral que cuando los analizamos por separado. Esto demuestra que hay una sindemia, una relación que no está capturada ni por la investigación ni por la política. El efecto del aceleramiento puede ser tan grande como el que se asocia con la enfermedad de Alzheimer y el deterioro cognitivo. Esto indica que donde vivimos influye decisivamente en nuestro envejecimiento cerebral”.
Para llegar a esas conclusiones, el equipo utilizó métodos de aprendizaje automático que permitieron calcular lo que se conoce como relojes biológicos cerebrales. "Usando los datos obtenidos de las neuroimágenes, podemos predecir cuál es la edad biológica de cada uno de estos individuos", describe Legaz. Luego compararon esa edad biológica con la cronológica: si la primera supera a la segunda, quiere decir que el cerebro está más envejecido de lo que correspondería.
Sebastián Moguilner, físico y biólogo argentino que actualmente es instructor en investigación en la Escuela de Medicina de Harvard, además de uno de los coautores del paper, subraya que este tipo de modelos no son comparables, son diferentes de los grandes modelos de lenguaje como ChatGPT. "Están súper probados y son confiables", aclara, y detalla que la calidad de los datos —provenientes de resonancias magnéticas y electroencefalogramas— se verifica de manera rigurosa antes de incorporarlos al análisis, controlando además por variables como el sexo y los años de educación para evitar sesgos.
Los datos de exposoma, por su parte, provienen de organismos como la Organización Mundial de la Salud, el Banco Mundial y el Global State of Democracy Indices, que relevan año a año y país a país medidas objetivas de cada variable: desde niveles de material particulado en el aire hasta índices de representatividad, participación ciudadana, corrupción y acceso a derechos básicos.
Los factores que más pesan
Entre los predictores sociales que mayor peso tuvieron en el envejecimiento cerebral aparecen el capital humano –que engloba el acceso a educación y la salud–, la desigualdad socioeconómica y el grado en que están cubiertas las necesidades básicas de la población. Del lado ambiental, la contaminación del aire por material particulado fino (PM2.5), la exposición a temperaturas o precipitaciones extremas, y el acceso a espacios verdes.
Las exposiciones físicas combinadas (mayor contaminación, temperaturas extremas y falta de espacios verdes) se asociaron principalmente con el envejecimiento estructural del cerebro (medido por volumetría), especialmente en regiones vinculadas con la memoria, la regulación emocional y las funciones autonómicas. En contraste, los factores sociales como la pobreza y la desigualdad afectaron de manera más pronunciada el envejecimiento funcional, es decir, cómo se comunican las diferentes áreas del cerebro entre sí.
Uno de los hallazgos que más llama la atención a los propios investigadores es que todas estas asociaciones se mantuvieron incluso después de controlar por variables individuales: nivel educativo, género, condición socioeconómica personal. "Más allá de su posición individual en esa sociedad –destaca Legaz–, si uno vive en un país que reúne estas condiciones adversas, de todas maneras presentará envejecimiento acelerado. Lo cual nos lleva a pensar que el ‘sálvese quien pueda’, en el nivel de la biología cerebral, no funciona."
Durante décadas, las estrategias de prevención del deterioro cognitivo apuntaron casi exclusivamente al individuo: hacer ejercicio, mantenerse cognitivamente activo, llevar una dieta saludable. Este trabajo no descarta esas recomendaciones, pero las pone en perspectiva.
"Hay una parte de responsabilidad individual, pero gran parte depende de las políticas públicas, de estrategias que implementa el Estado, que es lo que realmente pueden controlar estas variables más macro –dice Legaz–. El individuo tiene un límite en sus posibilidades de controlar a qué tipo de aire está expuesto, a qué tipo de agua o de estabilidad política”.
Moguilner lo dice desde su propia experiencia: llegó a Boston hace cinco años, después de formarse en la UBA, graduarse en el Instituto Balseiro y doctorarse en la Universidad Nacional de Cuyo. Desde allá sigue de cerca lo que ocurre en la Argentina. Cuando se le mencionan los altibajos políticos y económicos como posible exposoma de alto impacto para los argentinos, comenta: “Aunque no discriminamos por país, es probable”.
El estudio no permite todavía hacer ese análisis, ya que los modelos fueron entrenados con datos de todos los países de manera conjunta. Desglosar los resultados por nación es una tarea que los propios autores señalan como su próximo objetivo. La puerta está abierta: para lograr mayor “granularidad”, el mismo marco metodológico puede aplicarse en escala provincial o incluso de barrio, lo que permitiría orientar políticas públicas puntuales.
Quizás el dato más significativo para la salud pública global es que el envejecimiento cerebral acelerado vinculado con estas exposiciones socioambientales supera en magnitud el que generan las propias enfermedades neurodegenerativas. Dicho de otra manera: una parte importante del camino que lleva a la demencia, por ejemplo, transcurre mucho antes del diagnóstico, silenciosamente, moldeado por el lugar donde se vive.
"Muchas de las causas que nos llevan hacia la demencia, que es una de las cargas más pesadas que tienen por delante la salud pública y muchísimas familias, son prevenibles", subraya Legaz.
Los autores concluyen que los resultados exigen un alineamiento de esfuerzos entre los sectores de salud pública, medio ambiente, urbanismo y política para reducir la carga acumulada del exposoma y apoyar trayectorias de envejecimiento cerebral más saludables, tanto en nivel individual como poblacional; desafían la idea de prevención centrada en el individuo y pone el foco en el Estado.
